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Voto de castigo en España: ¿elegimos un proyecto o expulsamos al Gobierno?

El voto contra el adversario existe y pesa, pero los datos no permiten decir que todos los españoles elijan siempre al menos malo. Medimos el fenómeno y sus límites.

Ivan L.M.
12 min de lectura
Datos verificados con fuentes oficiales Revisado por la redacción Actualizado: octubre de 2026

Nota

Fecha de corte: 10 de octubre de 2026. No hay elecciones generales convocadas. Este análisis estudia el comportamiento electoral y no pronostica un resultado. Los porcentajes de motivaciones proceden del CIS y, cuando la pregunta admite varias respuestas, no se suman como si fueran personas distintas.

Resumen rápido

  • La frase «en España nadie vota lo que quiere» es demasiado rotunda. Los datos prueban que existe voto negativo, no que explique a todo el electorado.
  • En 2023, el CIS registró 14,3% de voto de castigo o deseo de cambio, 10,4% de voto contra otro partido o bloque y 7,2% de voto al «menos malo».
  • Recalculando los microdatos, un 29,6% mencionó al menos una de esas tres razones; el porcentaje sube al 36,0% al incluir el voto útil o estratégico.
  • La afinidad ideológica o partidista, con 29,1%, fue la razón individual más citada; el programa electoral alcanzó el 14,3%.
  • El patrón aparece en ambos lados, pero no de la misma forma: la oposición castiga al Gobierno y parte del bloque gobernante vota para frenar a la alternativa.
  • Castigar es una forma legítima de rendición de cuentas. El problema aparece cuando el rechazo sustituye por completo a un mandato positivo y verificable.

La urna como puerta de salida

Hay votantes que entran en una campaña preguntándose quién puede gobernar mejor. Otros llegan con una decisión bastante más sencilla: «este no puede seguir». En el primer caso, la papeleta es una elección. En el segundo, se parece más a una puerta de salida.

La política española explota esa diferencia con eficacia. Buena parte de una campaña ya no consiste en explicar qué se hará, cuánto costará y con quién se pactará, sino en describir la catástrofe que supuestamente provocará el bloque contrario. El mensaje funciona porque el miedo a perder suele movilizar con más facilidad que una promesa técnica y condicionada.

Conviene empezar por un hecho jurídico: no hay nuevas elecciones generales convocadas. La convocatoria exige un real decreto publicado en el BOE, como establece el artículo 42 de la LOREG. Hablar ahora de próximas elecciones es analizar comportamiento y escenarios, no anunciar una fecha que no existe oficialmente.

De ahí nace una impresión muy extendida: que la derecha no vota tanto a la derecha como contra la izquierda, y que la izquierda no vota tanto a la izquierda como contra la derecha. Hay algo verdadero en esa intuición. Pero convertirla en «todos votan al menos malo» sería sustituir un eslogan partidista por otro.

El postelectoral de las elecciones generales de 2023 del CIS permite examinar la cuestión con una precisión poco habitual. No basta con observar que un partido perdió votos y afirmar que fue castigado: el propio elector debe decir por qué votó.

Cuatro conceptos que suelen mezclarse

Antes de mirar porcentajes conviene separar comportamientos distintos.

  1. Voto de castigo o retrospectivo. Evalúa al gobernante por lo que ha hecho y lo sanciona. La literatura sobre retrospective voting lo considera un mecanismo básico de rendición de cuentas, no una anomalía.
  2. Voto contra un partido o bloque. El objetivo prioritario es impedir que gobierne una alternativa rechazada. Puede existir incluso entre votantes satisfechos con su partido.
  3. Voto al «menos malo». Ninguna opción convence; se elige la que genera menos rechazo. Aquí hay selección, pero con una oferta percibida como pobre.
  4. Voto útil o estratégico. Se renuncia a la primera preferencia para influir en un resultado viable, por ejemplo evitar que el voto se pierda en una circunscripción.

La identificación partidista negativa añade otra capa: una persona puede definirse políticamente tanto por el partido que apoya como por aquel al que no soportaría. La investigación comparada advierte que este rechazo puede estabilizar el voto incluso cuando cae el entusiasmo por la opción propia. No es idéntico a la polarización afectiva, aunque ambos fenómenos se relacionan.

En España, la literatura científica ha documentado un aumento de la polarización afectiva durante un periodo de competencia e inestabilidad política. Otro trabajo sitúa el caso español en perspectiva comparada y recuerda que distancia ideológica y aversión emocional no son la misma medida (DOI). Ninguno de esos estudios autoriza a leer la mente de cada votante ni a convertir cualquier alternancia en odio al adversario.

Qué dijeron realmente los votantes en 2023

El CIS preguntó de forma espontánea y con respuesta múltiple por la razón principal para votar a una candidatura. Su tabla de resultados publicada ofrece esta fotografía entre quienes votaron y citaron un partido, voto blanco o nulo:

  • Afinidad ideológica o partidista: 29,1%.
  • Programa electoral: 14,3%.
  • Castigo al Gobierno o deseo de cambio: 14,3%.
  • Capacidad de gestión y experiencia: 11,1%.
  • Voto contra un partido o bloque: 10,4%.
  • Voto útil o estratégico: 7,9%.
  • Votó por el menos malo: 7,2%.

Hay dos conclusiones que deben convivir. La primera: el componente negativo es demasiado grande para tratarlo como una anécdota. La segunda: ninguna de sus categorías domina por sí sola, y la afinidad positiva fue la motivación individual más frecuente.

Sumar 14,3 + 10,4 + 7,2 daría 31,9%, pero sería incorrecto. La pregunta admitía varias respuestas y una misma persona podía aparecer en dos o tres categorías. Por eso hemos reproducido el cálculo con la microdata oficial del CIS, ponderada con la variable territorial facilitada por el organismo.

El resultado, contando una vez a cada entrevistado, es más útil:

  • 29,6% mencionó al menos castigo/cambio, voto contra un bloque o «menos malo»;
  • 36,0% mencionó alguna de esas razones o voto útil/estratégico.

La definición es nuestra y está declarada, no es un índice oficial del CIS. Sirve para medir un perímetro razonable de voto negativo, pero no para afirmar que todas esas personas sintieran lo mismo. El CSV reproducible conserva categorías, fuentes y notas metodológicas.

Derecha e izquierda: el rechazo existe en las dos, pero no es simétrico

En 2023 gobernaba una coalición de izquierdas. Era previsible que la categoría «castigo al Gobierno/deseo de cambio» apareciera sobre todo en la oposición: la mencionó alrededor del 40% de quienes recordaban haber votado al PP y el 21% de quienes recordaban Vox. Entre PSOE y Sumar fue muy inferior.

Eso no significa que el bloque gobernante votara solo «a favor». El 14,8% de los votantes del PSOE mencionó votar contra un partido o bloque, frente al 10,8% del PP, el 7,1% de Vox y el 7,1% de Sumar en las tablas cruzadas del CIS. Además, el voto útil fue más frecuente en el PSOE que en PP o Vox.

Con nuestra definición individual —castigo, voto contra un bloque o «menos malo»— aparece alguna razón negativa en el 53,7% del PP, 30,7% de Vox, 22,9% del PSOE y 14,1% de Sumar. Al añadir voto estratégico, los porcentajes son 57,7%, 32,9%, 32,9% y 20,3%, respectivamente.

Estas cifras describen una elección concreta y están condicionadas por quién gobernaba. No demuestran que la derecha sea esencialmente más negativa ni que la izquierda lo sea menos. Si cambia el Gobierno, puede cambiar también quién castiga y quién vota para bloquear a la oposición. Para probar una característica estable de cada ideología harían falta preguntas idénticas en varias elecciones y un análisis longitudinal.

La campaña mueve menos votos de lo que parece

La televisión y las redes convierten cada debate, error o vídeo viral en un supuesto punto de inflexión. El mismo estudio del CIS aconseja prudencia:

  • el 61,0% había decidido su voto mucho antes de comenzar la campaña;
  • el 80,9% no cambió de partido una vez que decidió votar;
  • el 18,5% declaró haber cambiado una o varias veces durante la campaña;
  • el 26,0% decidió en la última semana, la jornada de reflexión o el mismo día de las elecciones;
  • conociendo ya el resultado, el 91,0% dijo que habría votado lo mismo.

Las campañas importan, especialmente para un segmento tardío que puede decidir escaños. Pero la imagen de un país entero saltando de bloque por el último titular tampoco encaja con los datos.

Aquí aparece una paradoja. Una persona puede llevar meses decidida y, sin embargo, votar principalmente contra alguien. La estabilidad no demuestra entusiasmo; a veces demuestra que el adversario rechazado estaba claro desde el principio.

Abstenerse tampoco significa una sola cosa

Entre quienes no votaron en 2023, el CIS encontró señales claras de desafección: 26,6% dijo que ningún partido o político le inspiraba confianza; 15,3% no se sentía representado; 10,9% quería mostrar su descontento y 12,8% afirmó no creer en la política o no tener interés.

Pero la misma pregunta recogió problemas con el voto por correo, salud, trabajo y motivos familiares. Como también admitía respuestas múltiples, no se pueden sumar porcentajes ni presentar toda abstención como una huelga de electores.

La diferencia importa. Si alguien se abstiene porque nadie le representa, el problema es de oferta política. Si no puede votar por una dificultad material, la respuesta es administrativa. Confundir ambos diagnósticos produce remedios equivocados.

El descontento actual sí es amplio

El voto de 2023 no describe por sí solo el clima de 2026. Para aproximarnos al presente, el Barómetro de septiembre de 2026 aporta tres señales incómodas:

  • 23,8% no eligió a ninguno de los líderes propuestos como presidente;
  • entre quienes conocían a Pedro Sánchez, 67,2% dijo que le inspiraba poca o ninguna confianza;
  • entre quienes conocían a Alberto Núñez Feijóo, el porcentaje fue 79,2%.

No son preguntas sobre voto y no deben usarse como estimación electoral. Tampoco prueban que una misma persona rechace a todos. Sí muestran que la falta de confianza alcanza simultáneamente al presidente y al principal líder de la oposición.

Cuando el CIS pidió citar hasta tres problemas de España, el 18,8% mencionó al Gobierno o a partidos y políticos concretos; el 13,9%, problemas políticos en general; el 9,7%, el mal comportamiento de los políticos; y el 7,7%, lo que hacen los partidos. Las categorías pueden solaparse y no deben sumarse.

El contraste europeo apunta en la misma dirección, sin convertir a España en una excepción absoluta. El informe de tendencias del Eurobarómetro del Parlamento Europeo sitúa el último dato de 2025 de satisfacción con el funcionamiento de la democracia nacional en 46% en España, frente a 58% en el conjunto de la UE. La serie oscila y la pregunta mide satisfacción, no apoyo a un partido.

¿Es irracional votar para echar a un Gobierno?

No necesariamente. Una democracia sin posibilidad real de castigo ofrece pocos incentivos para gobernar bien. Evaluar empleo, vivienda, servicios, corrupción o cumplimiento de promesas y retirar el apoyo puede ser una decisión racional. En ciencia política se llama voto retrospectivo: el elector usa el pasado para exigir responsabilidad.

El problema no es que exista castigo. Es que la campaña consiga ocultar qué se autoriza después. Echar a un Gobierno no responde por sí solo a cinco preguntas:

  1. ¿qué leyes cambiará la alternativa?;
  2. ¿cuánto costará su programa y cómo se financiará?;
  3. ¿con qué partidos podría formar mayoría?;
  4. ¿qué instituciones y contrapesos respetará?;
  5. ¿qué hará si sus promesas resultan incompatibles entre sí?

Un voto puede ser simultáneamente retrospectivo y prospectivo: sancionar una gestión y elegir una alternativa concreta. La calidad democrática cae cuando solo queda la primera mitad.

Qué puede costar la política del «contra»

No existe una ecuación «voto negativo = crisis económica». La experiencia española desde 1996 no muestra que celebrar elecciones provoque recesiones. Los grandes desplomes del periodo se explican por crisis financieras, tensiones del euro o la pandemia, no por una papeleta.

Sí hay canales más modestos y verosímiles:

  • Mandato ambiguo. Ganar porque el rival perdió no aclara qué reformas tienen apoyo social.
  • Promesa defensiva. Si el objetivo principal es impedir que gobierne el contrario, aumenta el incentivo a prometer incompatibilidades fiscales.
  • Bloqueo. Rechazar pactos puede convertirse en una señal de identidad, incluso cuando hacen falta mayorías para presupuestos o reformas.
  • Volatilidad regulatoria. Empresas y hogares pueden aplazar decisiones si esperan que cada alternancia revierta normas esenciales.
  • Debilitamiento de la evaluación. El escándalo del rival ocupa el espacio que deberían tener costes, plazos y resultados verificables.

La investigación económica sobre incertidumbre de política pública ha encontrado asociación con menor inversión y empleo en determinados episodios (Baker, Bloom y Davis, 2016). No demuestra que un porcentaje concreto de voto de castigo cause una caída del PIB español. Es una base para vigilar estabilidad normativa, no para fabricar una profecía.

Para un ahorrador o una empresa, las encuestas no sustituyen los indicadores que sí transmiten decisiones políticas a la economía: presupuestos, coste de la deuda, reglas fiscales, inversión, impuestos, regulación y formación efectiva de mayorías. Operar en bolsa por un titular electoral añade riesgo, no rigor.

Una forma más exigente de votar

No se puede pedir al ciudadano que lea miles de páginas ni que confíe en programas sin memoria económica. Sí puede aplicarse una prueba mínima antes de elegir:

  1. ¿Qué quiero conservar de lo existente? Evita tratar todo el mandato como un éxito o un fracaso total.
  2. ¿Qué tres cambios concretos promete mi opción? Obliga a encontrar algo más que rechazo al adversario.
  3. ¿Tienen coste, calendario y responsable? Separa deseo y política ejecutable.
  4. ¿Qué pactos serían necesarios? Introduce el Parlamento probable en la decisión.
  5. ¿Qué evidencia haría que cambiase mi apoyo? Impide convertir el voto en una identidad incondicional.

No es una receta neutral en el sentido de «todos los partidos son iguales». No lo son: ofrecen políticas, equipos y riesgos distintos. Es neutral en algo más útil: exige a la opción propia el mismo estándar que al adversario.

Conclusión: castigar sí; entregar un cheque en blanco, no

España no es un país donde todo el mundo vote siempre contra alguien. El dato más sólido disponible dibuja una realidad menos cómoda para los eslóganes: en 2023, cerca de tres de cada diez votantes mencionaron al menos una razón negativa según nuestra definición, mientras que la afinidad partidista y el programa también conservaron un peso importante.

El voto de castigo cumple una función democrática. Permite retirar confianza a quien gobierna mal. El riesgo aparece cuando el ciudadano sabe perfectamente a quién quiere expulsar, pero no qué está autorizando en su lugar; y cuando los partidos descubren que asustar con el contrario resulta más barato que explicar sus propias cuentas.

En las próximas elecciones —cuando se convoquen de verdad— la pregunta no debería ser solo «¿a quién quiero echar?». También: ¿qué proyecto concreto, qué mayoría y qué límites estoy dispuesto a respaldar? Una democracia adulta necesita la capacidad de castigar. Necesita, además, algo por lo que votar.

Fuentes y metodología

El cálculo propio usa la pregunta P7C del CIS 3420 y la ponderación PESOCCAA. Definimos «alguna razón negativa» como mencionar al menos una de estas opciones: castigo/deseo de cambio, voto contra un partido o bloque y «menos malo». La versión ampliada añade voto útil/estratégico. Son agregados descriptivos de respuestas declaradas, no estimaciones causales ni una serie histórica. El recuerdo de voto puede contener error y deseabilidad social.

Preguntas frecuentes

¿Están convocadas nuevas elecciones generales en España?
No. A 10 de octubre de 2026 no se ha publicado en el BOE un real decreto de disolución de las Cortes y convocatoria de elecciones generales. Las encuestas y los escenarios electorales no sustituyen ese acto jurídico.
¿Qué es el voto de castigo?
Es el voto utilizado para sancionar al Gobierno o provocar un cambio por su gestión pasada. No es exactamente lo mismo que votar contra otro partido, elegir al menos malo o emitir un voto útil, aunque una misma persona puede mencionar varias razones.
¿Cuántos españoles votaron por motivos negativos en 2023?
El CIS publicó un 14,3% que mencionó castigar al Gobierno o desear un cambio, un 10,4% que votó contra un partido o bloque y un 7,2% que eligió al menos malo. Recalculando la microdata para no duplicar personas, el 29,6% citó al menos una de esas tres razones.
¿El voto de castigo pertenece solo a la derecha?
No. En 2023 fue mucho más frecuente entre votantes de la oposición porque la categoría preguntaba por castigar al Gobierno. Entre votantes de la izquierda gobernante apareció más el voto contra otro bloque y el voto útil. El diseño de la pregunta impide presentar los porcentajes como una comparación ideológica perfectamente simétrica.
¿La abstención demuestra que nadie se siente representado?
No. Entre quienes no votaron, el CIS registró desconfianza, falta de representación y descontento, pero también problemas con el voto por correo y motivos de salud, trabajo o familia. La pregunta admitía varias respuestas y no permite reducir toda abstención a protesta política.
¿El voto negativo perjudica a la economía?
No de forma automática. Puede producir mandatos poco claros y políticas más volátiles si domina la campaña, pero también permite exigir responsabilidades. Los efectos económicos dependen de presupuestos, leyes, coaliciones e instituciones, no del tono electoral por sí solo.
¿Cómo evitar votar solo contra alguien?
Conviene separar balance del Gobierno, propuesta propia, viabilidad presupuestaria, equipo, pactos previsibles e integridad institucional. Castigar puede ser racional; la clave es saber qué alternativa positiva se está autorizando al mismo tiempo.
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